26 agosto, 2012

AHORA QUE BILDU VA A ARRASAR...


De cara a las próximas elecciones en Euskadi el próximo octubre, no hace falta ser un vidente para preveer unos resultados espectaculares de Bildu. Si hasta las encuestas de medios “poco afines” como el Mundo les dan un empate técnico con el PNV, no seria de extrañar que se conviertan en la primera fuerza política de Euskadi.

Y a medida que se acerque la cita electoral, el efecto Bildu puede ir creciendo en forma de tsunami, como resultado de la conjunción de toda una serie de circunstancias que, nos gusten o no, están ahí.

En primer lugar, el descrédito de todas las fuerzas políticas tradicionales. La crisis económica y la forma en que los políticos de nuestro entorno (Euskadi y España) se han comportado en los últimos años, ha hecho que una gran parte de la ciudadanía reniegue de ellos, por decirlo de una forma suave. Bildu ha estado fuera del círculo político tradicional, y practica un discurso “alternativo” que puede enganchar en los sectores que en Euskadi se hayan sentido identificados con los movimientos del 15-M y sus reivindicaciones. Sobre todo, entre el votante más joven que quiere un cambio. Aunque no se sepa hacia donde, Bildu representa ese cambio.

En segundo lugar, el no a las reformas. Desde su posición anti-sistema y de discurso socialista, Bildu habla de frenar los recortes sociales y laborales que se han aplicado en los últimos tiempos, castigar al capital, etc.. Y como solución última, la independencia. Un mensaje que, ahora mismo, con una ciudadanía asfixiada por la situación económica, tiene gancho. Otra cosa es que tenga sentido.

En tercer lugar, la parte emocional del voto. Bildu es una fuerza ascendente, triunfadora y joven, y sabe gestionar bien esa imagen. El aspecto psicológico de votar a quien parece que finalmente va a ganar es un factor a tener en cuenta.

En cuarto lugar, la fagocitación de la izquierda vasca. Al PSE, desgastado por la acción de gobierno y su implicación en el desastre económico, las encuestas ya le auguran un desplome significativo. El resto (Aralar-EA-IU) ha sido absorbido por el propio Bildu o está en trámites de desaparición. Así, no queda un solo partido aparte de Bildu que pueda recoger el voto de izquierdas, por ponerle una etiqueta clásica.

En quinto lugar, la poca memoria o las ganas de olvidar de la sociedad vasca. El hecho de que gran parte de las bases y los dirigentes de Bildu justificaran a ETA y su actividad hasta hace bien poco, no parece que les restará votos. Aquellos que no han olvidado votaran al PP (que no retrocede de sus 12 escaños, según las encuestas) y estos no serían votos de Bildu en ningún caso.

En resumen, que a poco que se analice el panorama con neutralidad, parece muy probable que Bildu arrase en las próximas elecciones, de una forma absolutamente democrática y legítima, y sea más que posible fuerza de gobierno.

A partir de este hecho, se abren un par de reflexiones interesantes. Primero, como actuará el PNV en los próximos meses. ¿Reforzará su perfil más independentista para restar votos a Bildu? ¿Es previsible un gobierno 100% nacionalista? ¿O preferirán contar con el PSE?

Pero el punto más importante y con efectos más a largo plazo es la posición de Bildu ante la acción de gobierno y la sociedad vasca. ¿Se sienten representantes (uno más) de una parte de la sociedad vasca, o un elemento de transformación de ella?. Las raíces ideológicos de Bildu se basan históricamente en la visión socialista y transformadora de la sociedad (aunque esta no esté de acuerdo). Dirigentes tan significativos como Otegi han hablado de Venezuela como un modelo, ¿hay que tomárselo en serio? También es cierto que dentro de Bildu parece haber ahora mismo un espectro más amplio de opiniones.

Así, de esta dicotomía depende el futuro de Euskadi en los próximos años. Si Bildu y su entorno aceptan que Euskadi es una sociedad plural (donde el voto no nacionalista representa el 40%), que no hay verdades absolutas y que la política es el arte de negociar y ceder, para poder convivir todos, estaremos en el camino adecuado. Si sus pretensiones son galvanizar la voluntad nacional y crear una Euskadi monocolor, lingüística, cultural y socialmente, el futuro no pinta bien. Y, desde luego, Bildu no puede ser considerada una opción posible de voto.

De hecho, seria muy interesante que de cara a decidir nuestro voto, nos aclararan este tema en la próxima campaña. Aunque me temo que, en esto, son tan poco de fiar como el resto de los políticos.


15 mayo, 2012

¿QUO VADIS, 15-M?


El esfuerzo sin resultado produce melancolía.

Al menos 3 cosas ha dejado claras el 15-M en este último año. Primero, que una gran parte de la ciudadanía está en desacuerdo con un sistema y una clase política que no la representan, que son vistas más como una carga que como una ayuda, y que solo han encontrado como solución a la crisis recortar derechos a la misma ciudadanía que, pretendidamente, defienden. Así lo sentimos muchos. Segundo, que esa misma ciudadanía tiene ganas de hacer cosas, movilizarse, salir a la calle, hablar, proponer, etc.. Tercero, que las nuevas tecnologías permiten ahora, como nunca antes, la difusión de la información, la organización, la movilización, fuera de estructuras formales como partidos, instituciones, etc..

El último año, paralelamente, ha sido, en toda la historia de la democracia española, el de mayor retroceso en los derechos de la ciudadanía.  Todos los partidos con capacidad de decisión (PP, PSOE, CIU) han atacado fundamentos básicos del contrato entre ciudadano y Estado: edad de jubilación, sanidad y educación públicas, convenios salariales y laborales, etc.. Y lo que nos queda.

Así, el 15-M ha sido una reacción a toda esta situación. Pero en la práctica, ¿de que ha servido? Todas las manifestaciones, ocupaciones de plazas, manifiestos, propuestas, etc.. no han servido, a efectos prácticos, de nada, más allá de manifestar el descontento y descargar la impotencia. Por poner un ejemplo concreto, las hipotecas y la dación en pago. La única manera de ayudar de forma efectiva a los afectados es que el Congreso apruebe una ley que lo regule de forma general y sin restricciones.  Ir postergando desahucios mediante concentraciones es ver el árbol (muy TT, eso si) y perder de vista el bosque.

La postura adoptada hasta ahora por los movimientos surgidos del 15-M de rechazo frontal a la acción política son, en mi opinión, un grave error. Porque el sistema que tenemos se basa en un parlamento que emite leyes y un Estado que las ejecuta. O somos capaces de influir de forma efectiva en esos mecanismos, o no conseguiremos nada. Es más, los partidos políticos se pueden sentir tranquilos con este rechazo a intervenir en política. Mientras los críticos se limiten a ocupar plazas, nosotros a lo nuestro, pueden pensar.

Por tanto, ¿qué opciones quedan?. Dos se me ocurren. Una seria plantear, de cara a las próximas citas electorales, acuerdos programáticos puntuales con cualquiera de los partidos existentes.  Ante notario, levantar acta de acciones y propuestas concretas que un partido se comprometerá a llevar a cabo en caso de ser escogido. Como contrapartida, se daría el voto a ese partido. Pero, como tantas otras veces,  los acuerdos y las promesas se las lleva el viento. Y seguiríamos teniendo al zorro a cargo del gallinero.

La otra opción, evidentemente, es que las personas y los movimientos surgidos alrededor del 15-M se constituyan en partido político. Titánica tarea, sin duda. Pero no es necesario que se haga en una sola fase a nivel nacional. Las estructuras asamblearias de barrio podrían agruparse y constituirse en partidos de carácter municipal y dar un primer paso. A partir de aquí, y en base a los resultados, ver como evoluciona el proyecto.

Lo que resulta evidente es que, sin resultados palpables, todo el esfuerzo puesto en estos movimientos acabará provocando una decepción. Este debate ya existe dentro del 15-M, es el momento de madurar,  de aceptar que no podremos cambiarlo todo y de luchar por cambiar al menos lo esencial.



04 octubre, 2011

HACIA EL ESTADO ILEGÍTIMO

Cuando un Estado no puede hacer frente a sus compromisos financieros, pierde credibilidad en los mercados internacionales. Últimamente hemos oído esta letanía hasta la saciedad, como una versión 2.0 del hombre del saco. Pero cuando ese mismo Estado no hace frente a los compromisos con su ciudadanía, entonces pierde algo mucho más importante, su legitimidad.

Mucho hemos avanzado desde la visión del Estado como el Leviatán de Hobbes, aquel monstruo omnipresente que planea sobre todos nosotros y al cual debíamos entregar parte de nuestra libertad para poner límite a los excesos que la naturaleza humana genera si no es controlada de forma estricta. Pero desde los primeros teóricos de filosofía política hasta hoy, hay una consigna fundacional que debe mantenerse firme, el Estado moderno se basa en un pacto; por el cual los ciudadanos entregamos parte de nuestra liberta individual a una organización, a cambio de una serie de beneficios, particulares y colectivos, que se recogen en la Constitución. Si algún ciudadano incumple sus compromisos, el Estado dispone de los mecanismo para corregir y castigar dichas conductas, incluyendo el uso legal y legítimo de la fuerza. ¿Pero qué pasa cuando es el Estado el que no cumple su parte del trato?

En ese momento, todo se viene abajo. No hay que olvidar el orden de prioridades. Y antes que pagar a entidades de dudoso pelaje y condición, cualquier Estado tiene una deuda mucho más seria, que es todo aquello que establece su Constitución.

Un Estado que no cumple sus compromisos, no tiene derecho a reclamar que sus ciudadanos paguen impuestos y cumplan las leyes, porque ha perdido la legitimidad para exigirlo. Y mucho menos puede ejercer la fuerza que los ciudadanos le han otorgado, puesto que el pacto se ha incumplido. Así, los ciudadanos de un Estado que no es capaz de generar empleo, que aumenta la edad de jubilación, que reduce la educación, la sanidad, etc.. no tienen ninguna obligación, ni moral ni éticamente, de pagar impuestos. Y si ese mismo Estado pretende emplear la fuerza, los ciudadanos pueden responderle con la misma moneda, si en que ello significa un delito, al menos desde el punto de visto ético.

Obviamente, este planteamiento es ahora mismo más teórico que otra cosa. Principalmente, porque los países occidentales, a pesar de la crisis que nos sacude, todavía están siendo capaces de mantener unos mínimos (unos más que otros) en lo que a la calidad de vida de sus ciudadanos se refiere. Las barricadas las levanta la desesperación, nunca los ideales.

Pero casos como el de Grecia, donde para hacer frente a los pagos se está desmantelando el Estado del Bienestar a marchas forzadas, dejan la puerta abierta para que la rabia de los ciudadanos encuentre un vehículo ideológico y un objetivo, el mismo Estado que debía servirles de soporte y ahora resulta, cada vez más, una carga.

Resumiendo, como cantaba Extremoduro, o jugamos todos o rompemos la baraja.

05 septiembre, 2011

El 15-M, ¿tontos útiles?

Que estamos de mierda hasta el cuello, parece que ya está claro para todos. La fiesta temática “España, país del primer mundo” va tocando a su fin. Durante los años que ha durado, y gracias al patrocinio del pelotazo inmobiliario, ayudas europeas y otros, hemos podido presenciar una de esas parrandas de leyenda, de las que se cuentan a los amigos tiempo después; casas adosadas para todos, subsidios a destajo, presencia en las reuniones internacionales donde se corta el parné, cambio de coche cada 2 años, jubilaciones anticipadas de lujo, aeropuertos en cada capital de provincia, AVE, el no va más, como en Jolivú. Ahora sencillamente toca pagar la cuenta de la fiesta.

Comprensible el cabreo de la ciudadanía española cuando ha llegado la factura. Los que mejor se lo pasaron, los que se comieron los canapés, se bebieron las mejores copas y se follaron a la stripper, van desapareciendo de escena con suavidad. Con jubilaciones garantizadas tras unos años de duro trabajo en el Congreso, primas de las mismas entidades financieras que han dirigido con firmeza al desastre, stock options para repartir, colocados en diferentes foros internacionales, y así. Al resto, a los que apenas alcanzaron a rascar un triste canapé cuando el camarero estaba recogiendo las bandejas, les va a tocar pagar la fiesta. Y la broma parece que saldrá un pico por cabeza. Jubilación a les 67, cierres de centros sanitarios, recortes en educación y prestaciones sociales, paro al 20%, la contratación temporal formalizada in eternum, lo que todos estamos viendo. Y va para largo.

Así que el sentimiento generalizado de tomadura de pelo, de estafa, es más que comprensible. A partir de aquí, saltan las protestas, se organizan manifestaciones, ocupaciones de plazas, se agita el mundo 2.0, asambleas, etc.. Y en todos los diversos movimientos, una explícita voluntad de permanecer al margen de las estructuras tradicionales de poder, no organizarse como partido político, encontrar otra vía para cambiar las cosas.

No nos engañemos, por esa vía lo único que los movimientos asociados al 15-M (por utilizar una etiqueta fácil) han conseguido hasta ahora es noticiabilidad: portadas de periódicos, telediarios, hashtags en el Twitter, etc... Poco más. Por poner un ejemplo concreto, la lucha contra los desahucios por no hacer frente a la hipoteca. Si, se ha impedido algún desalojo, pero ¿cuántos más se están ejecutando al mismo tiempo sin que tengamos conocimiento? Juntar un grupo de voluntarios, hacer frente a la policía, salir en las noticias, llevarse un porrazo de recuerdo, todo muy romántico. A efectos prácticos, ¿de qué sirve? La única solución real pasa porque una ley admita la devolución del inmueble como contrapartida única y total de la deuda contraída. Todo lo demás son brindis al sol.

Para cambiar las cosas, para redistribuir la factura de la fiesta de una forma más justa (porque de pagarla no nos libra nadie) hacen falta leyes y organismos que las ejecuten. Hace falta el poder. Y este, actualmente, lo tiene el Estado. Mientras todo lo que salga del 15-M se limite a bellas declaraciones de intenciones, no llegaremos muy lejos. Al contrario, el Estado y los poderes que lo controlan estarán más que contentos si nos perdemos en discusiones estériles, denuncias de brutalidad policial, que si son contestatarios o perroflautas, etc... Mientras, el Estado sigue a lo suyo, dando forma legal a las herramientas necesarias para que la mayoría de la ciudadanía pague en los próximos años y nadie sea castigado por el estropicio.

Esta actitud integrista de mantenerse al margen puede ser interpretada como una voluntad de pureza, un rechazo legítimo a los mecanismos políticos que se han demostrado poco democráticos y fácilmente corruptibles, un romanticismo añorante de otros momentos históricos. Puede ser. Los más malpensados también pueden sospechar que al Estado esta actitud ya le va bien, que incluso la fomenta, porque ofrece a la ciudadanía una sensación de que algo se está haciendo, mientras encauza todo esta voluntad de cambio en un callejón sin salida, haciendo que las ocupaciones de plazas nos impidan ver el bosque de lo que se viene.

El cambio tiene que empezar por tomar el poder. Al menos, una parte lo suficientemente significativa como para poder establecer una negociación, o de lo contrario seguiremos limitándonos a hacer caceloradas cada vez que nos la vuelven a meter doblada. Que nadie entienda lo de tomar el poder como una invocación a las teorías leninistas, que las revoluciones se alimentan de la desesperación y ya hemos visto en que acaban, así que esperemos nunca llegar al límite donde destruirlo todo parece un buen comienzo. Si una cosa nos ha demostrado el 15-M es que hay maneras y herramientas nuevas para organizarse, para intercambiar ideas, para cambiar las cosas. Ahora se trata de encauzarlas en una dirección práctica, y no quedarnos con la sensación de haber sido unos tontos útiles.

28 septiembre, 2010

I

I

Hola

Sonríes

Me quieres

Me voy

 

Lloras

Preguntas

Me callo

Me voy

 

Vuelves

Te explico

Lloramos

Me voy


Te alejas

Escribo

Me duele

quien soy